Qué es el índice de productividad
El IP es un sistema paramétrico de evaluación de tierras: multiplica los valores de un conjunto de propiedades del suelo, tomadas de las series modales, y devuelve un número. La metodología original es de la FAO y el INTA la adaptó a las condiciones de la región pampeana.
Un IP alto describe un suelo profundo, bien drenado, sin limitaciones de salinidad ni de pendiente. Uno bajo describe cualquiera de esas cosas al revés, y el índice por sí solo no dice cuál: para eso está la carta, que detalla las limitaciones de cada unidad.
Es lo más cerca que hay de una medida objetiva de aptitud, y por eso aparece en las tasaciones serias y en las divisiones de condominio. Repartir un campo entre herederos por superficie, sin mirar el IP, reparte mal, y es una de las discusiones familiares más frecuentes del mercado rural.
Las clases de capacidad de uso, de la I a la VIII
Es la otra clasificación y ordena los suelos por limitaciones crecientes. La clase I no tiene limitaciones apreciables; la II y la III las tienen y admiten cultivo con prácticas de manejo; la IV es marginal para agricultura. De la V a la VII sirven para pastoreo o forestación, y la VIII no sirve para producción.
Va acompañada de una letra que dice cuál es la limitación: erosión, exceso de agua, limitaciones del suelo mismo, o de clima. Esa letra es la parte útil, porque una limitación por erosión se maneja distinto que una por salinidad.
Un campo casi nunca es de una sola clase. Lo que se informa es la proporción de cada una, y de ahí sale cuántas hectáreas son realmente agrícolas y cuántas son de aptitud ganadera. Ese desagregado es el primer dato de una tasación rural, antes que la superficie total.
- Clases I a IV: tierras arables, con limitaciones crecientes
- Clase IV: marginal para agricultura, en el límite
- Clases V a VII: pastoreo o forestación, no cultivo
- Clase VIII: sin capacidad productiva
- La letra que acompaña dice cuál es la limitación, y es la parte que se maneja
Dónde se consultan las cartas de suelos
El INTA digitalizó las cartas de suelos de la provincia de Buenos Aires, que es el relevamiento más extenso del país. Para Córdoba, el geoportal IDECOR publica el mapa continuo de cartas de suelo, abierto y consultable, con la capacidad de uso y el índice de productividad de cada unidad.
IDECOR publica además el mapa de valores de arrendamientos rurales, que es la otra mitad de la ecuación: aptitud del suelo de un lado y lo que el mercado paga por ella del otro, sobre el mismo mapa.
La advertencia sobre el uso de estos mapas es importante y se pasa por alto seguido. Una carta describe unidades cartográficas y no lotes: adentro de una misma unidad hay variación real. Sirve para saber qué esperar y para comparar zonas; no reemplaza al muestreo del campo.
Lo que el índice no mide y también decide el precio
El IP describe el suelo y no el negocio. Dos campos con el mismo índice y quinientos kilómetros de diferencia hasta el puerto tienen el mismo IP y distinto valor, porque lo que se descuenta en flete no vuelve.
Tampoco mide el acceso. Un campo con buen suelo y un camino de tierra que se corta tres semanas por año tiene un problema real que ningún índice de suelo registra, y que aparece justo cuando hay que sacar la cosecha.
Ni el agua para riego, ni la energía disponible, ni el historial de manejo. Un lote con veinte años de monocultivo de soja y sin reposición de nutrientes tiene el mismo IP que su vecino bien manejado, y no el mismo rinde. El IP mide el potencial del suelo, no su estado.
Por eso el índice se usa como punto de partida y se lo cruza con lo que el mercado paga efectivamente en esa zona. El tasador por departamento tiene esa mitad: el valor por hectárea publicado y los avisos comparables del lugar.